edición en papel
 
 
18.12.09
 
 

Lanzamiento Rumbo Editorial

 

"Juego de reinas"

de Julio Barrera

Presentación. Lauro Marauda, Carmen Galusso y Julio Barrera.

Fue presentado el libro de cuentos "Juego de reinas", del escritor Julio Barrera, publicado por Rumbo Editorial y que ya está a la venta en librerías. En su prólogo, el profesor Lauro Marauda señala que "en estas páginas, los juego de seducción han sepultado la monogamía. El instinto mercantilizado baila con las convenciones fosilizadas. (...) Barrera barre con los mitos de las efusiones pantagruélicas del amor, el todo o nada, la eternidad agazapda o la farsa romántica". Por gentileza de la editorial, publicamos el cuento "Juego de reinas".

 

Un tablero cuadriculado definía el universo sobre el cual las piezas se debatían sujetas a una lógica implacable, de una ecuación matemática incalculable y de leyes inexpugnables, en la que los amores bélicos y las revueltas nupciales podían conducir a una victoria pírrica o a una inefable derrota. No había conflicto no urdido ni fortaleza carnal que pudiera influir en la anémica batalla, ni catástrofe que distrajera el interés omnímodo de los contrincantes que se debatían sobre el tablero de ajedrez. Su revolución estaba planteada sobre ese rígido campo mientras el rey esperaba con ardor paciente el efecto de los movimientos de quienes lo representaban, como diplomaticos que lidiaran con ejércitos furibundos. Se ha prolongado el crucial movimiento en el que había puesto al amante protegido en un enroque mientras su dama se ha fugado con un peón. Y el ágil equino, en el instante en que uno de los jugadores miró por la ventana del bar, hacia la amplia luminosidad de la avenida, como par a aquilatar las pupilas y reconcentrarse en la partida, se cargó un alfil. Una directa torre cristalina disparó por la columna lateral y cubrió la retaguardia al tiempo que alguien llamó al mozo y pidió un café. El bar a esa hora estaba atiborrado de gente, pero los contrincantes en su rincón eran ajenos al bullicio. Una mujer estaba sentada sola en una mesa junto a la ventana y miraba distraida los movimientos de la calle. No era joven, pero estaba muy maquillada, y las medias caladas desbordaban su minúscula pollera negra. Tenía la punta del cigarrillo con el rojo carmín de sus labios y despedía un humo redondo que atraía la mirada de todos, menos la de los concentrados jugadores. Un bocinazo y un griterío entraron al silencio que la tregua entre dos jugadas exigió, pero nada interrumpió la paciencia de los aguerridos ajedrecistas. No levantaron la vista de la batalla, porque no había nada fuera de sus límites que pudiera perturbarlos. No hay juego menos urgente ni más estricto que disipe la atención de ese disciplinado frente de combate. El mate acechaba pero las piezas resistían y el mundo se debatía entre la vida y la muerte; el peón libre se adelantó un casillero y un presagio hizo temblar a su rival. Una mano al fin hizo definió un destino y todo lo que pasó en el universo estaba en ese rincón, acorralado en un jaque mortal. La mujer acababa de pararse al ver a un hombre que desde la esquina que cruzaba la avenida le hizo una señal con la mano. Al dirigirse hacia la puerta, tocó con su cadera la mesa y tiró el rey. Los caballeros continuaron inmóviles. Sabían que era una posibilidad cierta y además sabían que, casi siempre, una sutil catástrofe es el único subterfugio. Por eso, como caballeros que eran, se estrecharon las manos, tal cual exige el juego de los reyes. En el tránsito interminable de la ciudad violenta, las mujer cruzó soberana y distraída la avenida por entre los incesantes vehículos conducidos por enceguecidos monarcas que se detuvieron a su paso.

Julio Barrera

 
 

 

 
 

 

 
     
   
   
   
   
   
 
 
 
 

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