edición en papel

 
 
 
24.8.10
 

 

Cuento infantil



El tigre bueno del Yabebirí

 

El mes de agosto es el mes de los niños en nuestro país. Como homenaje a todos ellos, publicamos en esta ocasión el cuento escrito entre Alejandra de 7 años y su padre, nuestro editor Daniel Rovira. En el trata la autora de reivindicar a los tigres que, pobres, siempre son los malos en todas las historias. Además, el cuento, tiene una referencia clara a una historia imaginada por el inmortal escritor uruguayo Horacio Quiroga.


Ocurrió una vez, que Diego, el tigre, estaba echado placidamente, tomando una siesta a la sombra de un enorme árbol cerca de su cueva, cuando un amigo lo despertó y le dijo:

- ¡Diego! ¡Despierta! Tenemos que atacar al hombre que es cuidado por las rayas.

Diego abrió los ojos y con su pata se restregó el hocico con pereza.

- ¿Cómo?, le preguntó el tigre somnoliento.
- Tenemos que atacar al hombre porque dos de nuestros hermanos fueron lastimados por las rayas y por él.

En ese momento, Diego se puso de pie. Miró a su amigo con curiosidad, y le dijo:
- ¿Por qué habré de atacarlo? Yo nunca vi a ese hombre, ni me hizo daño.

El otro tigre, bastante ofuscado le respondió.
- ¡Escucha! Te digo que atacó a dos hermanos, ¡ya es suficiente! ¡Vamos!

- ¡Espera! ¿Cuál es el apuro?, contestó Diego. ¿Dónde ocurrió lo que me cuentas?

- Cerca, en una isla a orillas del Yabebirí, le dijo el otro tigre. Muchos hermanos se están concentrando para ir todos juntos a darle muerte al hombre y a unas cuantas malditas rayas.

- Oye hermano; no acepto el viaje.

- ¿Cómo?

- Ese hombre no me ha hecho nada. Y menos las rayas.

- ¡Pero te lo harán!

- No hermano, mientras tú te cuides y no te metas en las cosas de los demás, nadie te hará daño.

- ¡Son nuestros hermanos!

- Sí, claro. Pero también nuestros hermanos se pueden equivocar. Oye; voy a seguir durmiendo la siesta. ¿Te quedas o te vas a matar hombres y rayas?

El tigre que hasta ese momento estaba molesto con el poco entusiasmo demostrado por Diego, permaneció quieto mirando a su amigo perezoso.

- ¡Ah, hermano! Me olvidaba. Si vas, tal vez salgas lastimado…, le dijo Diego falsamente preocupado.

El otro tigre pensó un poco más, mientras Diego volvía a darse vuelta sobre sí mismo, pronto ya para seguir durmiendo.
Pocos instantes después, debajo de la enramada, dos tigres dormían la siesta placidamente.

Alejandra & Daniel Rovira


 
 

 

 
 

 

 
     
   
   
   
   
   
 
 
 
 

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