edición en papel
 
 
30.5.08
 

 

LIBROS

La unión de la familia

de Alejandro Corchs

 

“El regreso de los hijos de la tierra”, es el nombre de este nuevo libro que Alejandro Corchs ha publicado en estos días. “Es maravillo y también doloroso el camino que nos comparte Alejandro Corchs a lo largo de este relato, con inigualable sencillez”, señala Alejandro Spangenberg en el prólogo.
Corchs es hijo de desaparecidos. Sus padres padecieron el secuestro, la tortura y la desaparición en el Buenos Aires bajo la dictadura encabezada por Rafael Videla. Este libro cuenta en primera persona, aspectos de la búsqueda de la identidad y de ese pasado fragmentado.

Nota del autor
¿Qué harías si un día descubrieras el secreto escondido de América? ¿Qué harías si te dieras cuenta que las leyendas del tesoro perdido eran verdad?
Generación tras generación, familias de custodios, muchas veces desconocidos entre sí, entregaron sus vidas en silencio, para preservar distintas versiones del secreto más profundo de la tierra sin mal. Este lugar de la Madre tierra era uno de los últimos bastiones de la memoria del Orden del Amor. Sabiduría que solamente sería develada cuando la Gran Nación del Cielo diera las señales del fin de la Era de la Separación.

El secreto es la conexión directa con el Gran Espíritu, Dios, o como te guste llamarlo. Los antepasados de estas tierras guardaron la manera directa de hablar y escuchar al Creador/a. La manera directa de escucharlo todos y que ningún humano se interpusiera en esa relación.

¿Qué harías si pudieras hablar con Dios? ¿Qué harías si te dieras cuenta de que la mayoría de las versiones que conocés de Dios son mentira? ¿Qué el Gran Espíritu nunca se enoja si uno de sus hijos lo cuestiona? ¿Qué Dios nunca te pidió que creas en ella/él? ¿Qué harías si te dieras cuenta que la mayoría de las creencias humanas, son solo eso, creencias humanas? ¿Qué tu verdadera Madre y tu verdadero Padre no han dejado de velar por ti ni un solo instante y que anhelan que les pidas ayuda para abrirte el camino a tu amoroso destino? ¿Qué harías si supieras que todas las enfermedades tienen cura?

Yo nunca busqué semejante conocimiento. Yo sólo buscaba a mis padres. Buscaba saber kpor qué me había pasado todo lo que me había pasado y, más importante aún, buscaba la esperanza de vivir una vida plena de amor y felicidad. ¿No es eso lo que buscamos todos?

Cada palabra, cada historia contada en este relato es verdadera y fue vivida por quien suscribe. Pero si alguna letra te hiciera daño no lo dudo ni por un instante: te pido disculpas y sigo mi sendero.

Este libro tiene la intención de ser una chispa, una suave caricia, para animarte a seguir tu propio camino. Este relato no quiere convencer a nadie de nada. Solo quiere honrar la diversidad, ocupando su lugar en la vida. No incluye, conclusiones ni suposiciones. Es para que cada uno tome lo que necesito, o lo descarte.

El Regreso de los Hijos de la Tierra quiere celebrar este tiempo de retorno al Orden del Amor, a La Unión de la Familia.
Estas líneas quieren pedirte permiso para contarte mi vivencia.
Alejandro Corchs

"La unión de la familia" , el regreso de los hijos de la Tierra. Editorial Cruz del Sur. 323 pag. En venta en librerías.

 

Reflexión sobre asimetrías a 177º de Acuario

Publicamos el capítulo inicial del este libro de Daniel F. Corchs que se encuentra en venta en librería, gentileza de Editorial Rumbo.

De todo los viajes posibles, el más difícil de emprender, el más arriesgado al momento de hacerlo, con el que menos datos se cuenta a la hora de decidirse es el que hacemos hacia nuestro propio encuentro.

De alguna manera, todos en parte, realizamos ese recorrido alguna vez con mayor o menor éxito.

Simplemente se trata de encontrarle un sentido al propósito de haber nacido, porque si así no fuera, ¿de qué serviría haber venido?

Por ese motivo tan simple, siempre hay un inicio y cosas para aprender relacionadas con el medio donde crecemos, nos vinculamos, desarrollamos, nos enamoramos, nos multiplicamos, donde nuestra existencia se torna más rica o de a poco comienza a empobrecerse sin que se activen las capacidades sensibles con que todos contamos.

La historia del ser humano no sólo ha sido revivida desde sus leyendas, desafiando el difícil proceso evolutivo en su camino por superarse sino también por aquellos que dejaron sus templos y construcciones abandonadas en la selva, hundidas en la tierra, sumergidas en las aguas, sin que poco o nada nos dejaran escrito para que supiéramos sobre ellos.

En el desarrollo de la especie intervino el clima, la vegetales y la convivencia con otras escalas animales. Sin todo ello, no hubiéramos construido nunca una cultura o tantas como intentos se realizaron.

En “Asimetrías a 177º de Acuario”, pretendo compartir con el lector mi experiencia, que es también común a la de cualquiera al momento de emprender un camino introspectivo.

En la primera parte “Las huellas del caminante”, el viaje al que me refiero cuenta sobre los distintos momentos vividos por una persona cualquiera, común a otra en la actualidad y en cualquier momento de la historia.

La segunda parte, “Vitral Zodiacal”, representa una síntesis de lo que también observo en cada persona con la que me he relacionado, resaltando la esencia en tipología de los distintos caracteres humanos estudiados en la astrología personal.

Realizando de esta manera una cuidadosa síntesis que comienza por el signo de Aries, en este caso particular al que denomino “soldado astral”, y así sucesivamente hasta llegar al signo de Piscis, al que llamo “la hélice zodiacal”.

La última parte, llamada “El círculo, el tabú y la civilización”, es una mirada a gran escala, de lo que como grupo humano, fuimos capaces de hacer en la evolución de la especie y llegar a los logros y a las derrotas que fueron necesarias para convertirnos en lo que hoy somos, porque en síntesis, hemos llegado hasta aquí habiendo elegido el camino que nos hemos trazado, hayamos estado a favor o en contra y a pesar de todo.

De ahora en más, desde donde me toca, espero contribuir en algo con cada uno de Ustedes, en beneficio de esta búsqueda en un viaje mega-cósmico en el que a veces utilizamos la vía más difícil.

El conjunto en general de “Asimetría a 177º de Acuario” plantea desde un formato particular un esquema capaz de sintetizar conceptos, vivencias, experiencias, la misma historia en un extracto de lo que fue y continua siendo para comprendernos un poco más desde lo interno a lo externo.

Demostrando, sí es que llego a lo que me he propuesto, que desde hace miles de años, nosotros, a veces acompañados de uno, ninguno o distintos Dioses, hemos realizado el mayor esfuerzo terrestre por comprendernos, convencidos de que cada argumento político o religioso era el adecuado para el momento histórico vivido.

Independientemente del resultado específico, ya que el desarrollo en la aplicación de un sistema, un modelo, o la introducción de una subcultura, los protagonistas involucrados tuvieron la posibilidad de extraer una enseñanza, cuyo costo muchas veces desproporcionado fue el triste final de no haber comprendido a tiempo situaciones similares vividas con anterioridad, A mi entender, proyecciones asimétricas de quienes nos han precedido.

El mundo, conformado además de lo que conocemos por otras realidades que nunca llegaremos a comprender se ha regido y lo seguirá haciendo con sus propias reglas, realizando los movimientos que crea conveniente sin importar si es justo o no para quien o quienes lo vivan.

La Justicia como valor abstracto, entre otras cosas, estará siempre en un nivel de comprensión no del todo muy entendido. En este caso “Asimetrías a 177º de Acuario” es una mirada general, una sucesión de los momentos vividos por cada uno de nosotros en la historia desde tres aspectos distintos:
1. Las huellas del caminante (asimetrías terrestres);
2. Vitreaux zodiacal (asimetrías celestes);
3. El círculo, el tabú y la civilización (asimetrías de ensayo en los cinco elementos.

Aunque entendamos que en el pasado no hayamos estado, y por cierto más que una posibilidad que no se puede comprobar o una idea romántica de creer haber estado o haber tenido relación con algún personaje en particular, o una situación específica, lo cierto es que otros que en su momento vivieron, estuvieron allí y dejaron una huella que de algún modo ha repercutido en lo que cada uno de nosotros somos.

De acuerdo a nuestros actos como grupo o a lo que hagamos en forma individual, siempre podemos volver a un estado primitivo, a la experiencia de una civilización egipcia, griega, olmeca, o al imperio romano.

No importa la región ni el continente, en esencia siempre seremos los mismos seres en busca de sí mismos, recorriendo distintos aspectos de lo que alguna vez fuimos.

Para comprender lo que intento hacer sentir al lector con esta propuesta, aconsejo leer “Asimetrías a 177º de Acuario” desde el comienzo.

De esta manera, podrán ir entendiendo cada paso del recorrido tal cual yo lo he experimentado.

Imagínate que andas casi o del todo a la deriva en este momento por algún aspecto particular de la vida, llegando a cada puerto sin conocer a nadie; luego de varias experiencias, adquieres la fortaleza, te vuelves consciente y te reconoces en uno de los signos zodiacales o en varios de ellos. Más tarde, con el crecimiento adquirido, logras la cohesión necesaria para formar una sociedad y lo logras.

Después, en el apogeo de la experiencia misma en lo más elevado de la Tierra, con el conocimiento aprenhendido, piensas y evalúas un poco más. Entonces estarás listo para otra cosa. Daniel F. Corchs

11.1.08

 

Un viejo octubre roto

de Gustavo Esmoris

El poeta Jorge Arbeleche explica en el prólogo de la presente edición: “el eje vertebral de esta novela lo constituye el eterno tema de la búsqueda de la libertad, anhelada y lograda algunas veces, perdida y reconquistada otras”. La novela “El viejo octubre roto” fue el Primer premio de Narrativa Concurso Literario Municipal de Montevideo, año 2005. “Un poema inédito”, es el título del capítulo que compartimos con nuestros lectores gentileza de la Editorial Rumbo.

“Cada hombre lleva una puerta enterrada en su corazón, una puerta blanca por la que nadie entra”, había escrito Ríos, abriendo aquel poema que me dedicó, poco antes del último vuelo”. “Gerardo: hermano fraternal”, deslizó en la dedicatoria de esta página inédita, la fotocopia de una simple hoja mecanografíada.

Pensé que eso de hermano y fraterno era una redundancia. Los poetas son así, traté de convencerme, usan la palabra de una forma distinta, intentan domesticarla a su manera.

Dijo, riéndose, que se había basado en ciertas frases algo enigmáticas que yo siempre pronunciada acerca de las puertas. Después de darme un tiempo prudencial para enfrentar esa hoja que acababa de dedicarme, me pidió su opinión. No recuerdo claramente mi respuesta. Seguramente habré hablado de la austera profundidad de su voz, y de una música que parecía desprenderse de aquellos versos; todo esto sin hacer mención a la habitual tristeza producida por esa clase de lecturas. O tal vez sólo me quedé en silencio, con los ojos detenidos sobre el papel, moviendo la cabeza en señal de aprobación.

Tras esa página Ríos ha pedido otra cerveza. Después de volcarla en los vasos ha recordado, en voz alta, una imagen reveladora y terrible. Creía conocer a su padre y en realidad no sabía nada de él. Con el tiempo lo vería emborracharse a diario, hambrear obreros, castigar a su madre y hasta matar a un hombre, pero nada, nunca, pudo compararse a ese recuerdo.

-Si tuviera que dividir mi vida en dos partes –confesó- ese sería, sin duda, el instante preciso.

Todo trataba de un niño atravesando, de la mano paterna, una tarde invernal. En ese momento, alguien apareció junto a ellos, como surgiendo de un distante mundo que podía estar, sin embargo, mucho más allá de su calle. Se trataba de un hombre muy viejo, vestido con el traje más roto y sucio que alguien se pueda imaginar. Lo verdaderamente extraño era que llevaba también una corbata, tan mugrienta y raída como el resto de su vestimenta; pensó entonces que por una razón imposible de entender, ese hombre aún estaba volviendo de una fiesta que había terminado por lo menos veinte años atrás.

El anciano no pronunció una palabra. Sólo alargó su mano suplicante. Fue en ese momento cuando el padre de Ríos dejó caer las cenizas de su habano en la palma extendida.

9.11.07

 


El color de los sueños

Este texto es el comienzo de Tríptico, una de las cuatros zonas en que se divide la colección de relatos de Juan Introini y que fuera publicada recientemente por Ediciones del Caballo Perdido. Esta obra breve y estupendamente narrada se conforma con: El senador, Descartes, el mencionado Tríptico, y Enmascarado, nombre que toma el volumen. Gentileza del autor es que publicamos parte de este trabajo.

Domínguez estaba de pie en lo alto del barranco, mirando hacia el mar. Cuando doblamos la curva descubrimos su silueta delgada, inmóvil, iluminada por el sol todavía alto de ese espléndido atardecer de verano. La lujosa camioneta todo terreno de Meyrink se deslizó todavía una veintena de metros por el camino de grava y se detuvo junto a la escalera que conducía a la cabaña. Descendimos del vehículo en tanto Meyrink lo llamaba con su voz potente. Recién entonces Domínguez pareció advertir nuestra presencia. Se movió por la terraza sin apuro, con paso felino, hasta situarse frente a la escalera; allí encendió un cigarrillo y volvió a permanecer inmóvil, esperándonos. Nosotros iniciamos el arduo ascenso: la escalera consistía en una serie de peldaños tallados en la roca, no había pasamanos ni nada que se le pareciese.

Meyrink abría la marcha. Era un hombre grande, voluminoso, pero sorprendentemente ágil. Le seguía la señora T., una distinguida crítica de arte, mujer madura pero que conservaba sus formas esbeltas. Luego el señor R. un conocido marchand, sujeto más bien frío y poco comunicativo. Yo cerraba la marcha. Me encontraba allí por ser amigo de Meyrink y por mi probada habilidad para reproducir diferentes estilos. No me avergüenza confesarlo. Algunos viven de coparse a sí mismos o a otros durante toda su vida y pasan por originales. Yo me limito a elegir un pintor no demasiado notorio, generalmente ya muerto o muy viejo y olvidado –lo que es igual- y “crear” un par de telas según su estilo. Luego, a través de contactos adecuados, las vendo a un precio discreto. El comprador queda contento con su “original”, yo con el dinero y la certeza de no haberlo estafado.

Los cuatro nos habíamos tomado tantas fatigas con un único propósito: contemplar, por fin, el trabajo en que Domínguez se había empeñado durante un año entero y había sabido mantener en riguroso secreto.

¿Quién era Domínguez? A mi juicio un pobre tipo, un infeliz, que envolvía su falta de talento con velos de misterio. Pero Meyrink era así. Cuando se encaprichaba con alguien no había quién lo parara. Había descubierto a Domínguez en ocasión de una muestra colectiva y se había entusiasmado con un par de cuadro suyos, unas marinas bastante logradas pero nada excepcionales, que yo habría podido reproducir en unos pocos días, según el dijo. Sin embargo, aquí hay un artista, sí, un verdadero artista en potencia que sólo necesita un poco de apoyo para demostrar lo que vale, afirmaba Meyrink entrecerrando los ojos soñadores.

Todos sabían que Meyrink poseía una inmensa fortuna, una famosa colección de pinturas y esculturas y que gustaba de apoyar a jóvenes talentos prometedores –esas eran sus palabras-, exigiendo sólo la exclusividad para juzgar sobre los frutos del trabajo y el derecho a quedarse con la pieza que más le gustara. De modo que le había cedido la cabaña a Domínguez y lo había apoyado económicamente durante un año y ahora nos había arrastrado hasta allí para conocer nuestro veredicto sobre el resultado. Tendrá que vérselas con un jurado muy exigente, pensé mientras trepábamos peldaño tras peldaño y él nos esperaba arriba. Inmóvil como un ídolo de barro aguardando a sus fieles adoradores.

Me detuve un instante para tomar aliento y contemplé su figura enjuta, vigorosa, su abundante cabello negro y su barba entrecana, porque Domínguez ya no era joven, era un hombre en plena madurez. ¿Qué revelación se puede esperar de alguien después de los cuarenta años?, recuerdo que pensé, saboreando de antemano la frustración que aguardaba a Meyrink.

Cuando por fin alcanzamos la terraza, luego de un breve saludo, Domínguez nos invitó a sentarnos en unas sillas de lona dispuestas en semicírculo en torno a una mesa baja.

Pero Meyrink –ansioso, infatigable, voraz- argumentó que su expectativa era demasiado grande como para sentarse a mirar el mar y que debíamos aprovechar lo que todavía quedaba de luz. Domínguez nos pidió que esperáramos un momento y se introdujo en la cabaña. Me pareció evidente que su intención era descubrir el amplio ventanal que daba al mar, corriendo el espeso cortinado que lo ocultaba. Sin embargo, no hizo nada de eso. Vimos que su silueta se perdía en un lugar posterior – probablemente la cocina; nos llegó el gimoteo de un cachorro a quien con seguridad Domínguez había atado para que no molestara y poco después lo vimos reaparecer con dos grandes faroles a mantilla encendidos. Los colgó de un travesaño de madera y entonces nos invitó a entrar.

La única habitación era amplia y exhibía la precariedad de un campamento: observé rápidamente una estufa a carbón apagada en una esquina, una rústica mesa de pino con restos de comida y una botella de vino a medio vaciar, un camastro revuelto, unas pocas prendas de vestir desordenadas, una cantidad de telas apiladas junto a las paredes, y muchos pomos de pintura casi exhaustos entre pinceles, latas y otros utensilios. En el centro de la habitación había una tela de grandes dimensiones también colgada de un travesaño, cubierta por un lienzo. Domínguez lo retiró con cuidado y con un gesto nos indicó que ese era el fruto de su trabajo. Atisbé de soslayo, con secreto gozo, el estupor en la cara de Meyrink…. Juan Introini

 
 

 

 

 
     
 

 
   
   
   
   
   
 
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